Europa, India y la muerte del orden mundial


Europa lleva años actuando a la defensiva, más como espectadora que como protagonista del escenario internacional. Reacciona a Washington, reacciona a Pekín, reacciona a Moscú. Y mientras reacciona, pierde el hábito —y la capacidad— de planear con autonomía. Lo sorprendente es que, por primera vez en mucho tiempo, parece dispuesta a tomar la iniciativa y dejar de adaptarse al vaivén de decisiones ajenas. Pero esa voluntad plantea una pregunta tan básica como urgente: ¿hacia dónde quiere ir Europa?

El discurso de Mark Carney en Davos marcó un punto de inflexión simbólico. Al declarar abiertamente que el orden mundial basado en reglas se está desvaneciendo sin retorno, Carney oficializó lo que muchos fuera del círculo del G7, la OTAN y los guardianes del viejo consenso liberal ya daban por muerto. La ruptura no es repentina. Ha sido un proceso lento, en capas, con múltiples heridas mal cerradas.

Ese orden se sostenía en tres pilares. Uno estructural: un entramado de instituciones creadas por las potencias para gestionar la estabilidad global y sus intereses comunes —ONU, FMI, OMC, OTAN, UE—. Otro normativo: la idea de que esas potencias no se agredirían, ni comercial ni territorialmente, y respetarían las soberanías mutuas. Y, por último, uno ideológico, el más frágil y también el más poderoso: que el sistema no era solo una arquitectura de poder, sino una afirmación de valores universales —derechos humanos, democracia, libertad individual—.

La “guerra contra el terror” empezó a erosionar esa narrativa. Los países que decían defender el derecho internacional violaron sistemáticamente sus principios: invasiones sin mandato, cárceles secretas, drones extrajudiciales. Pero la justificación moral aún funcionaba: se trataba, se decía, de defender al mundo del terrorismo. Fue el primer gran quiebre del mito.

La verdadera ruptura llegó cuando el hegemón —Estados Unidos— dejó de fingir que protegía el sistema y comenzó a desmantelarlo. El desprecio de Trump por los aliados europeos, sus guerras comerciales, y hasta sus insinuaciones sobre comprar Groenlandia, mostraron un cambio de paradigma: no más supremacía maquillada, sino poder en bruto. Ya no se violaban reglas para salvar el sistema, sino para sustituirlo.

Mientras Europa contempla los escombros del viejo orden, intenta construir nuevos vínculos que le permitan recuperar soberanía estratégica. En este contexto, India emerge como un socio clave. No porque comparta todos los valores europeos, sino porque ofrece algo que Europa necesita con urgencia: margen de maniobra.

La firma de un acuerdo de defensa y seguridad entre la Unión Europea y la India, además del tratado comercial en marcha, busca cimentar una “tercera vía” frente a la creciente rivalidad entre EE. UU. y China. El pacto aborda seguridad marítima, no proliferación, cooperación espacial y lucha antiterrorista. También incluye componentes industriales en materia de defensa, con la mirada puesta en la diversificación de Nueva Delhi respecto a Moscú.

India ha sido históricamente uno de los mayores compradores de armamento ruso. Pero esa dependencia está disminuyendo. Entre 2010 y 2014, el 72 % de las importaciones militares indias eran rusas. Entre 2020 y 2024, esa cifra cayó al 36 %. Francia y Estados Unidos ocupan ahora un tercio del mercado. En energía, el proceso es similar: las sanciones a Rusia han obligado a India a reducir sus compras a Lukoil y Rosneft.

Europa quiere llenar ese vacío. No solo como proveedor, sino como socio tecnológico y estratégico. Pero el camino no está libre de obstáculos. Existen dudas sobre la transferencia de tecnologías sensibles, sobre posibles filtraciones a terceros —Rusia entre ellos— y sobre la fiabilidad a largo plazo de India como aliado.

India, por su parte, no lamenta la muerte del viejo orden. Nunca fue su orden. Y esa distancia le permite jugar con flexibilidad, buscando ventajas sin ataduras ideológicas.

Europa, en cambio, está atrapada en el dilema de toda potencia envejecida: quiere cambiar de piel, pero sin renunciar al cuerpo que la sostuvo durante décadas.

La pregunta no es qué puede construir sobre las ruinas del sistema anterior.
La verdadera cuestión es cuánto está dispuesta a dejar atrás.

Abderrahim Ouadrassi
Abderrahim Ouadrassi

CEO y fundador de la cadena SAIFHOTELS, que lleva la gestión de varios hoteles en Marruecos, y de la inmobiliaria RELASTATIA. Ha ejercido de colaborador semanal en el periódico balear Última Hora, sobre temas de internacionalización y actualidad económica. Actualmente es el presidente de la FUNDACIÓN EUROAFRICA, que busca integrar y facilitar los vínculos comerciales, culturales e institucionales entre los dos continentes.

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