La talasocracia

 “Quien controla el mar controla el mundo”. La sentencia, atribuida a la sabiduría antigua, resume una constante geopolítica que hoy vuelve al primer plano: la talasocracia, el dominio estratégico de los mares como instrumento de poder estatal.

Desde las ciudades griegas hasta los imperios modernos, la supremacía marítima nunca ha sido un fin en sí mismo. El objetivo real del poder naval es siempre terrestre: influir en los acontecimientos en tierra, proteger territorios, asegurar suministros y condicionar decisiones políticas. La guerra marítima —y la estrategia marítima en general— solo tiene sentido si sirve a los fines esenciales del Estado: seguridad, prosperidad y proyección internacional.

En el siglo XXI, esta lógica adquiere una dimensión renovada. Aproximadamente el 80% del comercio mundial se transporta por vía marítima. Las cadenas de suministro, la energía y la estabilidad económica global dependen de rutas oceánicas que atraviesan espacios vulnerables. El mar ya no es una periferia estratégica: es el eje del sistema.

La arquitectura jurídica internacional también refleja esa centralidad. La Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar reconoce a los Estados ribereños una Zona Económica Exclusiva de hasta 200 millas náuticas. En ella ejercen derechos soberanos sobre recursos y explotación económica. El control marítimo es, por tanto, una cuestión de soberanía, energía y desarrollo.

Pero la verdadera clave de la talasocracia contemporánea reside en los llamados choke points: pasos estrechos por los que circulan volúmenes desproporcionados de comercio y recursos energéticos. El Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 30% del petróleo mundial, es un ejemplo paradigmático. Cualquier tensión allí sacude los mercados internacionales. El Estrecho de Malaca, vital para el suministro energético asiático, es otro embudo estratégico donde confluyen intereses globales.

En este escenario se perfila la rivalidad marítima entre Estados Unidos y China. Washington ha sido durante décadas la potencia talasocrática dominante, garantizando la seguridad de las rutas marítimas mediante su presencia naval global. Pekín, por su parte, busca asegurar sus líneas de comunicación, reducir vulnerabilidades energéticas y expandir su influencia en el Indo-Pacífico. El mar se ha convertido en el teatro principal de su competencia estratégica.

Europa, mientras tanto, observa con inquietud. Dependiente del comercio marítimo pero fragmentada en su respuesta estratégica, carece de una visión naval común capaz de moldear el entorno marítimo global. Esta brecha entre dependencia económica y ambición estratégica limita su autonomía.

El Mediterráneo ofrece un microcosmos revelador. El Mar Mediterráneo sigue siendo un nodo crucial que conecta Europa, África y Asia. El Estrecho de Gibraltar y el Canal de Suez mantienen su relevancia como puertas de acceso a mercados y recursos. A ello se suman tensiones energéticas en el Mediterráneo oriental y la creciente militarización de sus aguas.

La talasocracia no implica necesariamente conquista territorial, sino control de flujos: mercancías, energía, datos y seguridad. En un mundo interdependiente, interrumpir esos flujos puede ser tan eficaz como ocupar territorio.

La historia demuestra que las potencias que descuidan el mar pagan un precio estratégico. Hoy, mientras los buques cruzan silenciosamente los estrechos del mundo, se decide mucho más que el tránsito comercial. Se decide el equilibrio de poder del siglo XXI

Abderrahim Ouadrassi
Abderrahim Ouadrassi

CEO y fundador de la cadena SAIFHOTELS, que lleva la gestión de varios hoteles en Marruecos, y de la inmobiliaria RELASTATIA. Ha ejercido de colaborador semanal en el periódico balear Última Hora, sobre temas de internacionalización y actualidad económica. Actualmente es el presidente de la FUNDACIÓN EUROAFRICA, que busca integrar y facilitar los vínculos comerciales, culturales e institucionales entre los dos continentes.

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