Venezuela y el fin de las ilusiones cómodas

El arresto de Nicolás Maduro ha desatado en Europa un coro previsible. Se multiplican los lamentos por el supuesto colapso de un «orden internacional basado en reglas», como si ese orden hubiera funcionado alguna vez tal y como se proclamaba, o como si hubiera sido aplicado de manera equitativa. La inquietud es real, pero el punto de partida es endeble. Lo que se desmorona no es un sistema de normas, sino una ilusión largamente sostenida sobre el modo en que el poder ha operado en realidad.

Durante décadas, buena parte de Europa se convenció de que la política internacional había sido domesticada por normas, mecanismos de arbitraje y una contención compartida. Esa creencia nunca fue más que una verdad parcial, sostenida en gran medida por el poder estadounidense y la aquiescencia europea. Cuando las reglas coincidían con los intereses de los fuertes, se invocaban con devoción; cuando no, se sorteaban discretamente. La novedad actual no es el retorno de la política de poder, sino la erosión del lenguaje que antes la encubría.

La historia ofrece escaso respaldo a la narrativa nostálgica. En 1945, media Europa fue entregada a la dominación soviética no mediante arbitraje jurídico alguno, sino por puro cálculo. Ningún tribunal internacional intervino en defensa de los Estados bálticos o de Europa central. Su destino quedó sellado en negociaciones entre vencedores. España, por su parte, aseguró la estabilidad del régimen de Franco mediante acuerdos de defensa con Estados Unidos en 1953. La indignación moral fue limitada. La persistencia de Cuba como dictadura congelada tras 1962 respondió a la misma lógica: una división tácita de esferas de influencia, revestida de retórica ideológica pero gobernada por el poder.

El llamado «orden basado en reglas» coexistió sin fricciones con estos arreglos. Nunca fue concebido para impedirlos.

Lo que ha cambiado es el tono. Bajo Donald Trump, Estados Unidos ya no se molesta en hablar con suavidad mientras empuña un gran garrote. Lo exhibe —a veces con torpeza— y prescinde de eufemismos. A muchos europeos parece incomodarles más esa brusquedad retórica que el contenido mismo de la política estadounidense. Lo obsceno, a su juicio, no reside tanto en el ejercicio del poder como en su admisión descarnada.

Ese malestar oculta un problema más profundo. La fe europea en las reglas ha funcionado con frecuencia como sustituto de una estrategia. Sirvió para justificar la infrainversión crónica en defensa, la externalización de la seguridad a Washington y políticas energéticas basadas en la premisa de una abundancia que nunca fue permanente. También sostuvo un vasto ecosistema de instituciones internacionales y de expertos dedicados menos a decidir resultados que a explicarlos a posteriori.

Venezuela pone al descubierto la fragilidad de esta cosmovisión. Si Estados Unidos lograra imponer una influencia decisiva sobre el país —y, por extensión, sobre las mayores reservas probadas de petróleo del mundo—, las implicaciones irían mucho más allá de América Latina. No se trataría de una cruzada humanitaria, por más que así se presente en el discurso. Sería una maniobra estratégica con consecuencias globales.

El control del crudo pesado venezolano reduciría la exposición estadounidense a perturbaciones del suministro en el golfo Pérsico y amortiguaría los riesgos económicos de una confrontación con Irán. Reforzaría la capacidad de Washington para modelar los flujos energéticos globales, consolidaría la centralidad del dólar en los mercados petroleros y contribuiría a preservar la arquitectura financiera que sustenta el poder estadounidense. En ese escenario, Venezuela dejaría de ser un Estado fallido necesitado de redención para convertirse en un activo estratégico dentro de una pugna más amplia.

Vista así, Caracas no es una anomalía, sino un precedente. Indica que la presión económica, la ingeniería política y, llegado el caso, el uso de la fuerza siguen siendo instrumentos válidos para reconfigurar Estados que quedan fuera de alineamientos aceptables. El mensaje no pasará desapercibido en Teherán, Pekín o Moscú.

Nada de esto implica que la democracia, el derecho o los derechos humanos carezcan de relevancia. Significa que, por sí solos, no bastan. El lenguaje moral desvinculado del poder convence a las audiencias internas, pero rara vez altera los resultados en el exterior. Las reglas, cuando importan, suelen ser consecuencia —no causa— de los equilibrios de poder.

Europa se enfrenta ahora a una elección incómoda. Puede seguir lamentando la desaparición de un orden que nunca existió del todo, o puede afrontar realidades que durante mucho tiempo prefirió ignorar. El mundo no se ha vuelto de repente más brutal; simplemente se ha vuelto menos cortés. Aceptarlo no exige cinismo, sino responsabilidad.

Si Europa desea defender las reglas, también debe estar dispuesta a sostenerlas. De lo contrario, Venezuela no será el último espejo en el que queden al descubierto sus ilusiones.

Abderrahim Ouadrassi
Abderrahim Ouadrassi

CEO y fundador de la cadena SAIFHOTELS, que lleva la gestión de varios hoteles en Marruecos, y de la inmobiliaria RELASTATIA. Ha ejercido de colaborador semanal en el periódico balear Última Hora, sobre temas de internacionalización y actualidad económica. Actualmente es el presidente de la FUNDACIÓN EUROAFRICA, que busca integrar y facilitar los vínculos comerciales, culturales e institucionales entre los dos continentes.

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