El gambito en la ONU

Sala vacía del Consejo de Seguridad de la ONU en Nueva York, con la mesa en herradura y el mural de Per Krohg al fondo
Sala del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, Nueva York. Foto: Jdforrester / Wikimedia Commons, CC BY 4.0 (recortada).

Hay silencios que pesan más que los discursos. El del 30 de octubre, en el Consejo de Seguridad, duró apenas unos segundos: los que tardó en levantarse una mano. Once de los quince miembros acababan de apoyar el texto estadounidense que renovaba la MINURSO y la orientaba, por fin, hacia la autonomía marroquí como base de solución. China, Pakistán y Somalia se abstuvieron. Rusia dijo no. Y en esa sala, un solo no vale más que once síes.

El delegado ruso habló de un veto que salvaba vidas. Minutos después presentó su propio texto: una prórroga técnica, como si nada hubiera cambiado en treinta y cinco años. Washington votó en contra, aunque el gesto fue casi simbólico: la propuesta rusa solo convenció a tres miembros. Hubo once abstenciones.

A medianoche del 31 de octubre, la misión creada en 1991 para organizar un referéndum que nunca se celebró dejó de existir. Era el Día de la Unidad, la fiesta que Marruecos instituyó para conmemorar la votación del año anterior. En El Aaiún, las calles ya estaban iluminadas. Moscú había querido frenar a Rabat y le había regalado la fecha perfecta.

Los ajedrecistas llaman gambito a sacrificar una pieza para conquistar una posición. Lo extraordinario de esta partida es que el sacrificio no lo hizo quien gana. Rabat no necesitó mover ficha. Le bastó con lo que lleva dos décadas practicando: paciencia y acumulación. Washington, París, Madrid y Londres respaldan ya el plan de autonomía. El veto no deshizo esa mayoría; solo le negó, por ahora, una firma.

Pero la partida no terminaba en Nueva York. Cinco días antes, el Parlamento argelino había aprobado por unanimidad algo que no hacía desde 1973: enviar tropas al extranjero. Destino: Madama, en el norte de Níger, una vieja base francesa a las puertas de Libia. Misión oficial: proteger los pozos de Sonatrach. Hace apenas año y medio, Niamey retiraba a su embajador de Argel. Hoy recibe a sus soldados. En el Sahel, las enemistades caducan antes que los contratos.

Níger es también territorio del Africa Corps, el brazo militar con el que Moscú ocupó el lugar de franceses y estadounidenses. Sin embargo, esa promesa de protección luce gastada. En abril, sus hombres salieron de Kidal, en Mali, escoltados por los mismos rebeldes a los que debían combatir. Ningún imperio puede vigilar todos los desiertos a la vez.

Aquí conviene caminar despacio. No hay prueba de que los soldados argelinos vengan a relevar a los rusos, ni de pacto alguno entre ambas capitales. Pero el dibujo es difícil de ignorar: una junta que vive bajo el paraguas de Moscú recibe ahora el apoyo del mayor presupuesto militar de África, equipado con aviones rusos, justo cuando el protector original flaquea.

Si la hipótesis se sostiene, el tablero roza la ironía. Rusia, defendiendo la tesis argelina, habría acelerado el desenlace que Marruecos celebra. Argelia, defendiendo sus pozos, estaría sosteniendo la apuesta rusa en el Sahel. Y Estados Unidos, al tumbar la prórroga rusa, habría rematado una jugada que no era suya. Cada uno creyó mover sus piezas. Quizá todos movían, sin saberlo, las de otro.

Mientras Argel exporta soldados para custodiar lo que ya tiene, Rabat propone a esos mismos países sin litoral algo que ningún ejército puede darles: una salida al océano. La Iniciativa Atlántica, nacida en 2023 y reafirmada en 2025 ante los cancilleres de Mali, Burkina Faso y Níger, enlaza carreteras, corredores y el futuro puerto de Dajla en un solo trazado. Sin la MINURSO, deja de ser una oferta entre otras y empieza a parecer la única arquitectura disponible. Para un camionero de Agadez, eso no es geopolítica: es el precio del arroz, la medicina que llega a tiempo, el hijo que no tiene que cruzar el desierto para buscar futuro.

El Magreb y el Sahel nunca fueron dos tableros, sino uno solo, tendido del Atlántico al lago Chad. Las potencias todavía creen que ganar consiste en bloquear casillas. Pero en el desierto las alianzas se mueven como dunas. Lo único que resiste al viento son los caminos que llevan al mar. Quien los trace no ganará una votación; ganará una época. Los vetos se escriben en la arena. Las rutas, en el mapa.

Abderrahim Ouadrassi
Abderrahim Ouadrassi

Abderrahim Ouadrassi escribe sobre el Estrecho y las relaciones entre Europa y África. Preside la Fundación EuroAfrica, es autor de «Africalización» (Esdrújula, 2021) y columnista de Última Hora desde 2021. Nació en Tánger y vive en Mallorca.

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