La frontera

Europa registra menos cruces irregulares y, al mismo tiempo, descubre que empieza a faltarle gente. La frontera devuelve una imagen incómoda.

Durante las últimas décadas, las fronteras se han convertido en campos de batalla y puntos de tensión, no solo demográfica, sino también política y geoestratégica.

Mientras tanto, el mundo ha seguido avanzando. Los conceptos han cambiado, las industrias han dado saltos enormes, la tecnología ha transformado nuestra forma de vivir, trabajar y relacionarnos.

Pero la frontera parece haberse quedado anclada en el siglo pasado.

Quizá haya llegado el momento de detenernos y preguntarnos si una frontera es algo más que una barrera. Si puede ser también un espejo. Un lugar donde medir nuestro progreso, no solo económico o social, sino también mental.

Sentimentalismos aparte, las fronteras tienen además una virtud incómoda: revelan las contradicciones de una sociedad.

El dato que hace menos ruido que los gritos

Y mientras el ruido no cesa y los gritos no bajan, hay un dato que apenas hace ruido.

Según los datos preliminares de Frontex, las detecciones de cruces irregulares en las fronteras exteriores de la Unión Europea descendieron un 35 % entre enero y agosto de 2026. Cerca de 75.000 en ocho meses.

Alerta: lo he dicho así.

La inmigración irregular está bajando.

Ya sé que este dato llega en mal momento. Sé que no encaja demasiado bien con la corriente vociferante que necesita transmitir exactamente lo contrario. Sé también que probablemente estas líneas tendrían más posibilidades de hacerse virales si dijeran que estamos ante una invasión, una emergencia o una catástrofe.

Pero los datos tienen esa mala costumbre: no siempre colaboran con nuestros relatos.

Conviene, eso sí, leerlos enteros. Frontex no cuenta personas: cuenta detecciones, y una misma persona puede ser detectada más de una vez. Y dentro de esa caída general hay una excepción que señala exactamente a nuestra orilla. El Mediterráneo Occidental, la ruta hacia España desde el norte de África, aumentó un 34 %, hasta unas 15.900 detecciones. Y el episodio extraordinario de cruces hacia Ceuta de finales de julio ni siquiera aparece en esa estadística: no existe un total definitivo, porque, según Frontex, buena parte de quienes cruzaron regresó a Marruecos sin llegar a ser registrada.

De modo que el titular completo resulta menos cómodo para todos. Europa detecta menos, la frontera sur de Europa detecta más, y el episodio más visible del verano no está en ninguna tabla.

Sigamos mirando la frontera.

Porque detrás de ella aparece otro dato todavía más incómodo.

Europa mira la frontera y encuentra sillas vacías

Las proyecciones de la Comisión Europea apuntan a que, manteniendo constante el nivel educativo actual, el empleo en la Unión podría reducirse en hasta 18,8 millones de personas de aquí a 2050. Traducido a ritmo de calendario: la población en edad de trabajar pierde alrededor de un millón de personas cada año.

¿Qué significa esto?

Algo bastante sencillo.

Mientras gritamos en la frontera que no queremos que entre nadie, miramos hacia atrás y descubrimos sillas vacías.

Faltan trabajadores. Envejece la población. Hay sectores que no encuentran personal. Y la misma Europa que levanta la voz ante quien llega empieza a preguntarse quién trabajará, quién cuidará, quién construirá y quién sostendrá una parte de su economía mañana.

La propia Comisión lo formula sin dramatismo: mujeres, mayores y migrantes representan más del 80 % de las personas en edad de trabajar que hoy permanecen fuera del mercado laboral europeo. No es una profecía. Es un inventario.

Esta contradicción debería hacernos pensar.

Ceuta y la humanidad detrás del número

Porque a veces el drama humano parece no ser suficiente.

A veces necesitamos explicar primero la necesidad económica para encontrar después una justificación a la humanidad.

En Nueva York, al margen de la Asamblea General de Naciones Unidas, Pedro Sánchez defendió la respuesta española ante la crisis de Ceuta con una frase que no necesita estadística: los migrantes no son ganado, son seres humanos. Habló también de Marruecos como socio estratégico y de un control fronterizo que falló. Se puede estar de acuerdo o no con el político. La frase, en cambio, describe con precisión el punto exacto donde se rompe el debate europeo.

Porque la relación entre España y Marruecos no se decide en una rueda de prensa, ni en un verano, ni en una valla. Se decide en la lentitud con la que Europa y África siguen negociando lo que ya comparten: energía, comercio, seguridad, trabajo y futuro.

Y mientras tanto, entre las dos orillas, alguien vuelve a hacer el cálculo elemental de cualquier padre: dónde tendrá su hijo una vida mejor. Ningún acuerdo diplomático ha derogado todavía esa aritmética.

Y quizá ahí esté el verdadero espejo de la frontera.

El espejo

La Rochefoucauld escribió hace más de tres siglos:

«Tendríamos a menudo vergüenza de nuestras mejores acciones si el mundo viera todos los motivos que las producen.»

Tal vez algunas fronteras no separen solamente países.

También separan lo que decimos que somos de lo que realmente somos.

Abderrahim Ouadrassi
Abderrahim Ouadrassi

Abderrahim Ouadrassi es presidente de la Fundación EuroAfrica y fundador de AbdeCoach, donde ejerce como coach ejecutivo y strategic thinking partner para líderes. Su trayectoria combina desarrollo empresarial internacional, liderazgo, formación y cooperación entre Europa, África y el mundo árabe, con especial atención a las relaciones entre España y Marruecos. Desde Mallorca y Tánger impulsa iniciativas de diplomacia cultural, diálogo intercultural y conexión entre líderes, empresas e instituciones. Escribe sobre geopolítica, liderazgo, transformación y las relaciones entre las dos orillas del Mediterráneo. Fundador también de la cadena hotelera SAIFHOTELS y de la inmobiliaria RELASTATIA en Marruecos, y colaborador semanal del periódico balear Última Hora en temas de internacionalización y actualidad económica.

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