Una carta sobre España, Marruecos y lo que ocurre cuando dos orillas dejan de escucharse.
Por Abderrahim Ouadrassi — 4 de septiembre de 2026
Hijo mío,
El otro día, mientras pasábamos junto a la plaza del Ayuntamiento, viste aquella concentración y me preguntaste qué estaba pasando.
No supe qué contestarte.
O, mejor dicho, no supe cómo hacerlo en aquel momento. Seguimos caminando y te di una respuesta breve, de esas que damos los padres cuando una pregunta de nuestros hijos llega cargada con más historia de la que cabe en unos minutos.
Desde entonces he pensado muchas veces en aquella pregunta.
Lo que viste aquel día era solo una pequeña escena de algo mucho más antiguo. España y Marruecos son dos países separados por un estrecho tan pequeño que, algunas noches, una orilla parece poder tocar la otra. Y, sin embargo, después de tantos siglos, todavía conseguimos convertir unos pocos kilómetros de mar en una distancia enorme.
Nos hemos conocido, nos hemos necesitado, hemos comerciado, discutido, convivido y también nos hemos hecho daño. Y cada vez que llega una crisis parece que todo lo anterior desaparece y volvemos a mirarnos como extraños.
Eso era lo difícil de explicarte.
Porque yo nací en Marruecos y he construido una parte importante de mi vida en España. Tú has crecido con las dos orillas formando parte de nuestra historia. Y algún día alguien quizá intente convencerte de que para querer una tienes que desconfiar de la otra.
No le creas.
No quiero enseñarte a defender Marruecos contra España ni España contra Marruecos. Quiero enseñarte algo que me parece mucho más importante: a no permitir que nadie piense por ti.
Cuando escuches una historia demasiado sencilla, pregúntate qué parte falta. Cuando oigas hablar de «ellos», intenta descubrir quiénes son realmente esos «ellos». Y cuando todo el mundo parezca tener muy claro a quién hay que culpar, conserva durante unos minutos el derecho a hacer preguntas.
No significa permanecer indiferente. Habrá injusticias ante las que tendrás que tomar partido. Habrá cosas que tendrás que defender. Pero quisiera que lo hicieras después de conocer, de escuchar y de pensar, nunca porque alguien haya elegido antes por ti a quién debes temer.
Quizá por eso me impresionó tanto tu pregunta aquella tarde.
Tú solo mirabas una plaza llena de adultos, banderas y voces. Pero sin saberlo me estabas preguntando por siglos de historia, por fronteras, por orgullo, por heridas y, sobre todo, por algo que todavía nos falta aprender: conocernos sin necesidad de parecernos.
Hay algo que sí quiero dejarte muy claro.
Nunca tendrás que elegir entre las dos orillas para saber quién eres.
Una raíz no tiene que matar a la otra para crecer.
Y amar una tierra no debería exigir despreciar la del vecino.
Tal vez dentro de muchos años vuelvas a pasar por esa misma plaza. Quizá haya otra concentración y otro motivo para discutir. Tal vez entonces lleves tú a un hijo de la mano y él te haga exactamente la misma pregunta que tú me hiciste:
«Papá, ¿qué está pasando?»
Espero que entonces recuerdes esta carta.
Y que puedas decirle que, detrás de todas las banderas, siguen existiendo personas. Padres que tienen miedo por sus hijos. Madres que quieren verlos crecer. Familias que desean vivir tranquilas. Gente que ama, trabaja, pierde, espera y sueña igual que nosotros.
Porque esa es quizá la respuesta que no supe darte aquella tarde:
Las fronteras existen.
La historia existe.
Las diferencias también.
Pero al otro lado no viven «ellos».
Al otro lado viven otros nosotros.
Y mientras alguien sea capaz de recordar eso, hijo mío, todavía quedará un puente por el que regresar.
Con todo mi amor,
Papá
Nota del autor: esta carta nace de una conversación real con mi hijo, en un momento en que la relación entre España y Marruecos vuelve a ocupar titulares. No pretende explicar la política entre los dos países, sino compartir cómo intento enseñarle a mirar más allá de las banderas.



