la nueva geopolítica de los estrechos
La crisis del estrecho de Ormuz ha devuelto al mundo una vieja lección que la globalización creyó haber superado: la geografía sigue mandando. Cuando unas pocas decenas de kilómetros de mar pueden alterar los mercados energéticos, encarecer los seguros marítimos y obligar a las grandes potencias a recalcular sus estrategias, comprendemos que el poder internacional no reside únicamente en los ejércitos, la tecnología o el PIB. También reside en aquellos lugares por donde el mundo necesita pasar.
Pero la lección más interesante de Ormuz se encuentre a miles de kilómetros, en otra puerta marítima: el estrecho de Gibraltar. Compararlos no significa equipararlos. Ormuz es uno de los principales cuellos de botella energéticos del planeta y se encuentra en una región sometida a una tensión militar permanente. Gibraltar pertenece a un entorno político y estratégico muy diferente. Sin embargo, ambos convierten la geografía en poder.
Durante demasiado tiempo, Europa ha contemplado Gibraltar principalmente a través del prisma de la Roca y del contencioso sobre su soberanía. Geopolíticamente, el espacio relevante es mucho mayor. Rota, Cádiz, Algeciras, Gibraltar, Ceuta, Tánger Med y el norte de Marruecos forman un arco estratégico situado en la intersección de cuatro realidades: Atlántico, Mediterráneo, Europa y África.
En sus dos orillas están emergiendo capacidades extraordinarias. Tánger Med se ha consolidado entre las grandes plataformas logísticas mundiales, mientras Algeciras continúa siendo uno de los principales puertos europeos. Paralelamente, la relación económica entre España y Marruecos ha dejado de ser coyuntural para convertirse en estructural. España es el primer socio comercial de Marruecos y las cadenas productivas entre ambos países son cada vez más interdependientes.
Por ello, limitar el análisis a la competencia entre Algeciras y Tánger Med sería un error. Ambos puertos competirán por rutas, contenedores e inversiones, pero estratégicamente forman parte de un mismo ecosistema. La verdadera pregunta no es quién consigue mover más mercancías, sino cuánto valor puede generar conjuntamente las dos orillas a partir de aquello que atraviesa el Estrecho.
España y Marruecos podrían impulsar una Comunidad Estratégica del Estrecho, no como una nueva institución burocrática, sino como un mecanismo operativo dedicado a cinco ámbitos esenciales: seguridad marítima, protección de infraestructuras críticas, interconexión energética, conectividad digital y respuesta coordinada ante emergencias. Todo ello con un principio rector que podría denominarse Doctrina del Estrecho Abierto: garantizar que ninguna crisis política, militar, tecnológica o energética pueda interrumpir las conexiones fundamentales entre Europa y África.
Porque las amenazas también han cambiado. El próximo conflicto marítimo quizá no comience con un buque de guerra. Puede hacerlo con un cable submarino saboteado, un ciberataque contra un puerto, la interferencia de sistemas de navegación o la paralización de una infraestructura energética.
Europa invoca la autonomía estratégica, pero continúa interpretándola desde una concepción excesivamente militar del poder. En un orden internacional fragmentado, la soberanía efectiva exige también puertos resilientes, seguridad energética, infraestructuras digitales protegidas, corredores comerciales alternativos y alianzas duraderas. La globalización no abolió la geografía: confirmó su centralidad estratégica. Ahí emerge la diferencia entre dos estrechos y dos formas de poder. Ormuz encarna la capacidad coercitiva de interrumpir los flujos; Gibraltar, la oportunidad de garantizar su continuidad. Porque el poder más sofisticado del siglo XXI quizá no consista en cerrar el paso, sino en resultar indispensable para mantenerlo abierto.



