Marruecos se ha modernizado, ha ganado peso internacional y se ha convertido en un socio que España necesita. Sin embargo, una parte de la opinión pública española continúa observándolo con prejuicios antiguos, incluso cuando la realidad estratégica obliga a reconocer su importancia.
Dos escenas recientes resumen esta contradicción. Tras la victoria de España en el Mundial de 2026, miles de personas celebraron el triunfo en Tánger, Tetuán y otras ciudades marroquíes. Hubo banderas españolas, camisetas de la selección y una alegría popular que mostraba hasta qué punto España forma parte del imaginario sentimental del norte de Marruecos. Sin embargo, aquellas imágenes apenas encontraron espacio en los grandes medios españoles.
Poco después, los incendios que golpearon Madrid y Ávila obligaron a movilizar recursos nacionales y europeos. España pidió apoyo a sus socios de la Unión Europea, mientras Marruecos, que dispone de una importante capacidad aérea contra incendios y ya ha colaborado con Portugal en varias ocasiones, permanecía fuera de la conversación pública.
No se trata de afirmar que Rabat ofreció formalmente ayuda y Madrid la rechazó. Tampoco de convertir una emergencia en un reproche diplomático. La cuestión es más profunda: España coopera con Marruecos en migración, seguridad, comercio, lucha antiterrorista, transporte y energía, pero continúa teniendo dificultades para reconocerlo como un socio estratégico de pleno derecho.
La relación sigue prisionera de una doble mirada. Cuando Marruecos es necesario, se habla de “cooperación”. Cuando defiende sus propios intereses, reaparecen la sospecha, el temor y un lenguaje que lo presenta como amenaza. Esa ambivalencia revela una mentalidad que todavía no ha asumido que el país situado al sur del Estrecho ya no es el mismo de hace treinta años.
Tánger Med, la industria del automóvil, las energías renovables, la diplomacia africana, las infraestructuras, la modernización militar y la capacidad logística muestran un proyecto de Estado sostenido en el tiempo. Como resume Abdelmalek Alaoui, Marruecos ha hecho de “la soberanía su brújula, la estabilidad su método y la proyección su horizonte”.
La monarquía ha sido central en esa continuidad. A las puertas del 27.º aniversario de la Fiesta del Trono, resulta difícil negar que Mohamed VI ha dirigido una transformación profunda del país. Mientras muchos gobiernos trabajan con calendarios de cuatro años, Marruecos ha desarrollado estrategias a veinte o treinta años.
Pero la modernización exterior no puede ocultar las fragilidades interiores. Persisten el desempleo juvenil, las desigualdades territoriales, la presión sobre el agua, la precariedad rural y una distribución insuficiente de los beneficios del crecimiento. Un país puede construir puertos capaces de mover millones de contenedores y, al mismo tiempo, dejar a muchos jóvenes sin una oportunidad clara.
Ese es el verdadero desafío marroquí: convertir capacidad en bienestar, soberanía en confianza ciudadana y crecimiento en movilidad social. El reto de España es distinto: aprender a relacionarse con el Marruecos real, no con el que ha heredado de sus nostalgias coloniales, sus miedos y sus disputas internas.
España no tiene que aceptar todas las posiciones de Rabat. Una relación madura debe permitir desacuerdos sobre el Sáhara, Ceuta, Melilla, migración, agricultura o aguas territoriales. Pero discrepar no exige despreciar, del mismo modo que cooperar no significa obedecer.
La geografía no permite indiferencia: obliga a construir confianza, mecanismos comunes y una visión compartida, estable, del Mediterráneo occidental.
El Estrecho tiene pocos kilómetros de anchura. La distancia política, en cambio, se construye cada día con palabras, silencios y prejuicios. Tal vez el mayor riesgo para España no sea que Marruecos se vuelva demasiado fuerte, sino descubrir demasiado tarde que llevaba años fortaleciéndose mientras ella continuaba mirando hacia otro lado.



