Hay recuerdos que no regresan cuando los llamamos. Permanecen escondidos durante años en algún rincón silencioso de la memoria hasta que, de pronto, una noticia, una palabra o una ausencia les devuelve la vida. Así volvió a mí una escena de finales de los años noventa.
En aquellos años, cuando un sociólogo o un filósofo llegaba a la Universidad de Rabat para impartir una conferencia, ocurría algo que hoy parecería extraordinario. Días antes de su llegada, los estudiantes buscábamos sus libros en bibliotecas y librerías. Los leíamos con avidez para seguir sus argumentos cuando finalmente aparecía ante nosotros.
Yo había llegado allí para estudiar Filología Inglesa. Sin embargo, como le ocurrió a tantos otros, acabé atrapado por la filosofía. No era una excepción. Los auditorios se llenaban para escuchar a quienes dedicaban su vida a pensar el mundo. Aquellas charlas no eran un trámite académico. Eran acontecimientos. Había hambre de ideas.
Recuerdo especialmente la fascinación que ejercía Edgar Morin. Mucho antes de que las redes sociales convirtieran cualquier opinión en un espectáculo instantáneo, Morin nos invitaba a algo mucho más difícil: comprender la complejidad.
Quizá por eso su obra resulta hoy más necesaria que nunca.
Morin dedicó gran parte de su vida a desarrollar lo que llamó el pensamiento complejo, una forma de conocimiento que rechaza las explicaciones simplistas y las verdades absolutas. Su gran obra, El método, defendía una idea tan sencilla como revolucionaria: la realidad es un tejido de relaciones y no puede comprenderse observando únicamente fragmentos aislados.
Vivimos, sin embargo, en una época que parece haber elegido el camino contrario. Los algoritmos fragmentan la realidad en titulares. Las plataformas reducen los problemas a consignas. Todo debe caber en unos pocos segundos. Hemos aprendido a opinar antes de comprender.



